viernes, 5 de junio de 2026

Panamá: ¿Unidad o regreso al pasado?

Lanceros del Pantano de Vargas - Wikipedia

Por Luis Manuel Aguana

Versión en inglés

Sigue el ruido de la fotografía de María Corina Machado (MCM) en Panamá, junto con la clase política que desechó el país elector en octubre de 2023, dándole a ella todo el respaldo que necesitaba para acabar con una manera de hacer política que había defraudado a la nación por más de 20 años.

No solo había derrotado al régimen en su propio juego a través de realizar unas elecciones manuales para esas primarias y a una Comisión de Primarias que estaba lista para caer en los brazos de un CNE automatizado, sino también a una clase política que incluso se negó a medirse con ella en esas primarias. Estaban ya muertos incluso antes de esa medición electoral de 2023.

Al salir como ganadora y líder indiscutible de la oposición venezolana, MCM podía establecer los términos de cómo medirse con el régimen. Pero se comenzaron a cometer errores. Nadie sabe si producto de asesoramientos interesados por su fracaso o de la euforia de la posición triunfal de aquellos que se creen ganadores naturales ante cualquier obstáculo luego de una victoria fulgurante.

En primer lugar, someterse a las reglas de un régimen criminal, ir a un TSJ a las órdenes de Maduro a solicitar que le fuera suspendida la inhabilitación política para participar en unas elecciones con unas condiciones que el mismo régimen había decidido unilateralmente, después de que ese mismo atajo de malandros le había dado una patada pública a los acuerdos de Barbados.

Luego, aceptar ir con persona interpuesta —ni siquiera la que ella misma eligió— a un proceso electoral a todas luces amañado, y para colmo el que el régimen decidió conjuntamente con su propia oposición colaboracionista.

El 28 de julio de 2024 fue el pueblo venezolano el que le dio el triunfo a la oposición del régimen, ahora encarnada en la persona de MCM, no del que resultó el candidato, y sin la ayuda de quienes se decían opositores antes del triunfo en primarias de MCM. La gente espontáneamente le dio su respaldo a una campaña electoral que en su momento califiqué de admirable (ver La nuda propiedad de María Corina, en https://ticsddhh.blogspot.com/2024/05/la-nuda-propiedad-de-maria-corina.html).

Todas sabemos lo que ocurrió el 28J-2024, pero la lucha continuó. Pero los contextos cambiaron porque el juego político es largo. Llegó el 3 de enero de 2026 y resultó que estos “derrotados” del 2023 encontraron otra posibilidad de sobrevivir, cual insectos rastreros después de una explosión atómica.

Sin importar que resultara indiscutible el liderazgo opositor en la población de MCM, la capacidad de quienes resultaron desplazados por ella y su nefasto interinato para influir en las decisiones de factores importantes de la política norteamericana aún se encuentra “vivito y coleando”, como decimos en Venezuela, sin contar con la increíble habilidad de haber obtenido recursos importantes del gobierno norteamericano durante más de 4 años, periodo del que nunca presentaron cuentas de su gestión, ni de que viven todavía sus principales líderes en el exterior.

¿Será eso lo que está influyendo en esa nueva “unidad” que presenta la fotografía de Panamá?

Algunos mencionan que tal “unidad” sería presentada para dar un frente unido a una nueva posible negociación con el nuevo régimen de los Rodríguez en Venezuela. Que todo eso es “necesario” porque si no se hace, no vendrían los inversionistas. Pero, ¿no es eso lo que ha hecho la “oposición” con el régimen por un montón de años antes de la salida de Nicolás Maduro Moros? ¿De negociar otro proceso electoral “con condiciones”, pero esta vez esperando el tutelaje de los EEUU? 

Y yo me pregunto: ¿Le importará a los EEUU o, mejor dicho, al presidente Donald Trump, quién gane unas elecciones en Venezuela, cuando lo realmente importante para ellos es que nuestro país deje de ser un problema para la seguridad nacional de los EEUU y sea un socio económicamente confiable? No estamos hablando aquí de personajes, sino de la situación del país. Hay un montón de gente fuera esperando para hacer negocios y eso no significa que sea con MCM en el gobierno. Y eso sería grandioso para las cucarachas post atómicas.

Siempre he pensado que son los líderes los que marcan la historia, no sus circunstancias. Las circunstancias cambian porque los líderes la conducen. Winston Churchill pudo haberles dicho a los ingleses en la II Guerra Mundial que era inminente una invasión y consiguiente derrota de ese país frente a la Alemania nazi y someterse. Pero no lo hizo. Todo apuntaba a que, si los nazis invadían el territorio británico, ganarían. Incluso existieron importantes voces diplomáticas inglesas en ese momento que indicaban que lo mejor era negociar con Hitler. Pero Churchill les planteó guerra si se atrevían a invadir la isla. Ese era su papel, ese era su liderazgo. Y ese coraje cambió el curso de la historia porque todo el mundo respaldó a su primer ministro, con una mayoría dispuesta a morir defendiendo su territorio con palos y azadones.

Pero sin ir muy lejos, en nuestra propia historia hay ejemplos más que notorios de esa actitud que demuestra que un liderazgo decidido no tiene que “doblarse para no partirse” —Ramos Allup dixit— y salir victorioso. La batalla de Boyacá estaba perdida hasta que “el coronel venezolano Juan José Rondón presenta a Bolívar la idea de realizar una carga de caballería ligera. A la voz de Bolívar de «Coronel, ¡Salve usted la patria!», Rondón, seguido inicialmente por 14 lanceros que respondieron de inmediato a la voz de «¡Que los valientes me sigan!» y de cerca por el resto de los llaneros, realizó una carga de caballería que se considera decisiva para desequilibrar la batalla a favor del ejército libertador” (ver Lanceros del Pantano de Vargas, en https://es.wikipedia.org/wiki/Lanceros_del_Pantano_de_Vargas). De ese evento existe un monumento espectacular en Paipa, Boyacá, Colombia, en homenaje al heroísmo de los lanceros del Pantano de Vargas, encabezados por el venezolano Juan José Rondón.

Allí estos combatientes descalzados, descamisados y hambrientos, que después de haber pasado el Páramo de Pisba, no se preguntaron si era posible o no ganarle a uno de los mejores ejércitos del mundo conocido; solo salieron y lo hicieron.

No todo puede ser “realpolitik”. Eso depende de la conducción política. MCM sigue siendo la líder indiscutible del proceso de cambios que debe venir en Venezuela. Pero si ella no alcanza a entender que es la circunstancia la que debe ser cambiada por ella y no al revés —precisamente porque es la llamada a hacerlo—, será una más de la larga lista de seudo lideres que nos han llevado a este matadero por más de 27 años. Siempre es posible corregir el rumbo y deslastrarse de lo que no sirve, pero no cuando es demasiado tarde…

Caracas, 5 de mayo de 2026

Blog: TIC’s & Derechos Humanos, https://ticsddhh.blogspot.com/

Email: luismanuel.aguana@gmail.com

Twitter:@laguana


domingo, 31 de mayo de 2026

Sociedad Civil: organización, riesgos y desafíos

Imagen resumen de la nota cortesía de AI Google Gemini

Por Luis Manuel Aguana

Versión en inglés

La fotografía de María Corina Machado (MCM) en Panamá con todos los actores políticos de la Plataforma Unitaria que fueron desplazados precisamente por ella desde el 22 de octubre de 2023, no representa a la Venezuela que la misma fotografía pretende proyectar. Y a mi juicio es algo que a veces los liderazgos políticos olvidan: que ellos no se encuentran allí por ellos mismos, sino por lo que representaron en el momento cumbre de una elección ante los ojos de la gente que los eligió.

 

Dentro de esta lógica, MCM no ganó las primarias de 2023, sino que los partidos que ahora se fotografían con ella con su consentimiento, perdieron estrepitosamente frente al pueblo de Venezuela. La gente votó en contra de ellos. Y es importante recordar que eso fue exactamente lo que sucedió con Chávez en las elecciones de 1998: Chávez no ganó las elecciones de 1998 por quien era; las perdió el “status quo” político nacido en 1958 y que ahora se niega a renovarse.

Y no lo menciono para desestimar el liderazgo de MCM, sino para enfatizar que ella resultó ser la única figura política que quedó en pie después del desastre del interinato de Juan Guaidó, y que al medirse en primarias el resultado no podía ser otro que un 93% a su favor, que más bien debía –y aún debe– leerse como un 93% de rechazo a una clase política que fracasó.

Si MCM ha aceptado por razones políticas convivir ya oficialmente con quienes traicionaron las más hondas aspiraciones de libertad de los venezolanos, por más Manifiesto de Panamá que escriban, el peso de semejante fardo la arrastrará con ellos irremediablemente, con las consecuencias del previsible salto atrás político al que nos tiene acostumbrado el lamentable liderazgo opositor venezolano.

Porque parece que hay algo que los políticos deliberadamente olvidan: no son ellos quienes más han sufrido la destrucción de décadas de tiranía. El peso de la represión política de los últimos 27 años se ha manifestado mayoritariamente en contra de la sociedad civil venezolana. “Históricamente, menos del 15% de los presos políticos registrados en Venezuela en los últimos 27 años pertenecían formalmente a partidos políticos o eran líderes de la oposición organizada. La gran mayoría de los más de 19,000 arrestos por motivos políticos documentados en este periodo corresponden a ciudadanos comunes sin afiliación partidista, tales como manifestantes, líderes comunitarios, estudiantes, militares, trabajadores humanitarios y profesionales de diversos sectores” (ver Breve consulta Gemini sobre los presos políticos en Venezuela, https://share.google/aimode/By1amieZ2V7nywmaO). 

Entonces, es la población congregada en sociedad civil organizada la que deberá de alguna manera asumir su destino, no solo por la orfandad demostrada de conducción política verdadera, sino porque ha sido ella la que ha pagado los platos rotos de los errores de la conducción política. Hace más de una década definí un término que bien cuadra con la situación que vivimos cuando al parecer los venezolanos solo contamos con nosotros mismos para salir del atolladero en que nos encontramos: Oposición Civil.

“La Oposición Civil es la sociedad civil en su papel protagónico de los cambios, y su actuación en los asuntos públicos se manifiesta en su participación activa y contralora de los principales actores públicos. Siempre será opositora y les recordará permanentemente a esos actores que existe un país anónimo al que les afectan las decisiones y las políticas públicas que se apliquen a los ciudadanos. Son las personas de a pie que no militan en partidos, pero que son ciudadanos conscientes que viven y quieren a su país; ONG’s que tienen sus espacios civiles, personalidades generadoras de opinión sin vinculaciones ni rabos de paja, que están día a día aportando su granito de arena para que las cosas se hagan bien. De haber existido antes esa participación decidida, tal vez las cosas no hubieran llegado tan lejos y Chávez no existiría en la escena política venezolana” (ver Oposición Civil, en https://ticsddhh.blogspot.com/2012/08/oposicion-civil.html).

Pero la sociedad civil venezolana enfrenta un problema fundamental: existe socialmente, moralmente y hasta constitucionalmente, pero no termina de consolidarse como sujeto político autónomo. Y mientras eso no ocurra, continuará siendo utilizada, fragmentada o absorbida por los mismos factores que condujeron al colapso institucional del país.

Durante años, diversos actores internacionales —particularmente desde los Estados Unidos— han insistido, como ahora ha hecho Marco Rubio como secretario de Estado de los EEUU, en la necesidad de que la sociedad civil venezolana se organice y asuma un rol más activo en la reconstrucción democrática.

Sin embargo, cada vez que la sociedad civil ha intentado estructurarse, los partidos políticos han terminado utilizándola como fuerza de apoyo electoral, reservándose para sí el monopolio de la representación y del poder. Ese es quizás el primer gran peligro: convertir a la sociedad civil en un instrumento subordinado de intereses partidistas.

La experiencia venezolana demuestra que la dirigencia política tradicional ha tolerado la sociedad civil mientras esta sirva como maquinaria de movilización, legitimación o presión internacional. Pero cuando esa sociedad civil intenta construir propuestas propias, mecanismos de representación autónomos o iniciativas soberanas, entonces comienza el proceso de descalificación, fragmentación o infiltración.

El problema central es que en Venezuela se secuestró el concepto mismo de representación. Los partidos asumieron que representar al ciudadano equivalía a sustituirlo políticamente. Pero la Constitución de 1999 introdujo un cambio trascendental: el pueblo puede ejercer directamente la soberanía, sin intermediación obligatoria de los poderes públicos o de los partidos.

Ese principio, contenido especialmente en los artículos 5 y 70 constitucionales, abrió la posibilidad de una participación directa de la sociedad organizada mediante consultas, asambleas ciudadanas, iniciativas constituyentes y mecanismos de participación vinculante. Sin embargo, esa posibilidad nunca fue desarrollada plenamente porque amenazaba tanto al régimen como al modelo tradicional de partidos.

Por eso la organización de la sociedad civil venezolana requiere comprender primero algo esencial: no puede estructurarse únicamente alrededor de eventos electorales. Cuando la sociedad civil se organiza solo para votar, termina dependiendo inevitablemente de quienes controlan las candidaturas, los recursos y las negociaciones políticas.

La sociedad civil debe construirse como una instancia permanente de control ciudadano, deliberación pública y ejercicio soberano, no como un apéndice temporal de campañas electorales. Se debe comprender que la lucha de la sociedad civil no es simplemente electoral, sino institucional y estructural. El problema venezolano no se limita a cambiar gobernantes; implica reconstruir las reglas de convivencia y los mecanismos de distribución del poder.

Por eso sectores de la sociedad civil, agrupados en la Alianza Nacional Constituyente Originaria, ANCO, hemos planteado la necesidad de una salida constituyente auténticamente originaria, donde sea el soberano —el pueblo— quien redefina el pacto social de los venezolanos, planteando un proyecto de país, El Gran Cambio, para el cambio estructural de las relaciones de poder entre el Estado y sus ciudadanos y que va mucho más allá de la simpleza de un programa transitorio que aplique cualquier  gobierno salido de un partido político (ver el proyecto de ANCO, El Gran Cambio, Propuesta para la Refundación de Venezuela, en https://ancoficial.blogspot.com/p/documentos-fundamentales.html).

La idea aquí es que la sociedad en su conjunto necesita redefinir las relaciones de poder entre los actores porque el actual Pacto Social se agotó hace más de 30 años, mucho antes de que llegara la desgracia que arruinó a Venezuela en 1998. De allí que no sea de extrañar la volatilidad perniciosa de los liderazgos, que nos vuelve permanentemente a colocar de nuevo al comienzo y que nos impide salir del hueco donde nos metieron.

También debe entenderse que la sociedad civil venezolana no es homogénea. Es un océano diverso, complejo y contradictorio. Allí conviven gremios, academias, iglesias, ONGs, estudiantes, empresarios, sindicatos, comunidades y movimientos regionales. Pretender uniformarla o asumir su “representación” sería repetir los mismos errores del modelo partidista tradicional. Todo ello sin contar que dentro de todo ese universo hay quienes usan el disfraz de sociedad civil para engañar a la población ocultando pretensiones de poder. Nadie está en contra de las legítimas aspiraciones de quien sea, lo que resulta intolerable es no manifestarlas directamente a través del canal natural de los partidos, ocultándose detrás del ropaje de independencia sin parcialidad que otorga la sociedad civil.

La fortaleza de la sociedad civil radica precisamente en su diversidad y descentralización. Pero esa diversidad exige coordinación estratégica. Y allí aparece otro desafío histórico: cómo articular una dirección colectiva sin caer nuevamente en caudillismos, hegemonías partidistas o estructuras verticales.

La experiencia venezolana demuestra que los vacíos de conducción terminan siendo llenados por los mismos actores responsables del fracaso previo. Y esto es, al parecer, lo que veremos a partir del espectáculo de Panamá. Es por eso que la sociedad civil necesita construir liderazgo ético, mecanismos de consenso y objetivos comunes mínimos: recuperación institucional, soberanía popular, descentralización, Estado de derecho y reconstrucción republicana.

La sociedad civil venezolana debe entender que enfrenta no solo a un régimen autoritario, sino también a una cultura política profundamente deformada por décadas de cooptación, clientelismo, centralismo y dependencia partidista. La reconstrucción democrática de Venezuela no ocurrirá únicamente cambiando gobernantes. Requiere construir ciudadanía. Y esa tarea no puede delegarse.

Si la sociedad civil sigue entregando completamente su representación a factores políticos sin control ciudadano efectivo, el país repetirá nuevamente el ciclo histórico de frustración, dependencia y colapso institucional.

La gran lección de estos años es clara: una sociedad civil organizada no puede limitarse a acompañar procesos políticos; debe convertirse en garante permanente de la soberanía ciudadana y contrapeso real del poder. Solo así Venezuela podrá reconstruir una República donde el ciudadano deje de ser espectador y vuelva a ser soberano.

Caracas, 31 de mayo de 2026

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lunes, 25 de mayo de 2026

Masas populares, ilusión y soberanía

Imagen resumen de la nota cortesía de AI Google Gemini

Por Luis Manuel Aguana

Versión en inglés.

Intervención en la Catedra Pío Tamayo 25 de mayo 2026: Foro: ¿Vamos hacia la conversión de Venezuela en otra Estrella del imperio yanqui?

De nuevo, muchas gracias a la Cátedra Pio Tamayo y al profesor Agustín Blanco Muñoz, por la oportunidad de participar en la discusión de temas de especial trascendencia para Venezuela, como lo es ciertamente el caso que origina esta pregunta de la Cátedra, que bien pudiera considerarse una de las muchas consecuencias trágicas del desmantelamiento ético y moral del país —o ex país, como bien lo llama el Prof. Blanco Muñoz— luego de casi 30 años de destrucción sistemática.

En el contexto de las jornadas, “¿Qué pasó, dónde está y hacia dónde va el 03E-2026?”, la pregunta que hoy se formula la Cátedra es si vamos o no “hacia la conversión de Venezuela en otra estrella del imperio yanqui”. En una Venezuela completamente desnaturalizada políticamente, eso sería como preguntarse hacia dónde se dirige una embarcación que perdió el timón y el motor en el medio del océano. La respuesta no depende de la embarcación, sino de fuerzas externas ajenas a ella: el clima, las corrientes o las mareas. Dependerá de todo menos de quienes están dentro de ese barco.

Si en ese estado lamentable, alguien del barco se preguntara al divisar una isla cercana —o quizás algún espejismo— si el navío en esas condiciones, sin motor y sin timón, tomará ruta hacia allí, ¿cuál creen ustedes que sería la respuesta? Solo Dios lo sabe, pero sería muy improbable que ocurra, y dependerá —de nuevo— de los factores externos de los cuales la tripulación no tiene ningún control. Esto es, alguna corriente perdida, o algún viento que lleve el barco hasta allí. Pero aun en el caso de que no sea un espejismo y en realidad sea una isla, ¿qué seguridad existiría de que lo que hay en esa isla no sea peor de lo que se vive en el barco a la deriva? Ninguna. Podrían encontrarse con una isla llena de caníbales…

Esa sería en principio mi respuesta de si vamos o no a formar parte del famoso “imperio”. En todo caso, la pregunta pertinente sería: una vez que los norteamericanos ganaron la invasión del 3 de enero, pasándole por encima al existente “imperio” cubano, ruso, chino e iraní, sin contar con la ocupación del territorio fronterizo venezolano por parte de los grupos paramilitares colombianos, si ellos desean o no soltar ahora el tutelaje que inmediatamente después se estableció para Venezuela. Ya perdimos la soberanía frente a las fuerzas que de hecho ocuparon el territorio por unos minutos y se llevaron a Nicolás Maduro Moros y su esposa, situación que muchos aún se niegan a aceptar.

Sin embargo, no es solo la decisión de un “imperio” que quiera devorarnos como Estado, sino también una componente de deseo o decisión local de aceptar eso. Y es allí donde deseo enfocar esta breve intervención.

Para comenzar, la pregunta de hoy no es la correcta. La pregunta correcta es si los venezolanos deseamos o no esa condición. La pregunta formulada de la manera señalada deja afuera nuestro libre albedrío. Pareciera que debiéramos discutir acerca de si vamos a ser o no la “otra estrella del imperio yanqui”. El tema es que ya lo somos en la práctica, sin la necesidad de que haya ocurrido ningún trámite formal, porque ya ocurrió hace pocos días en China lo que denominé el año pasado el Yalta 2.0 (ver Yalta 2.0, en https://ticsddhh.blogspot.com/2025/08/yalta-20.html).

Entonces, ¿desean los venezolanos ser parte de la unión norteamericana? Muchos podrían decir que existe la percepción generalizada de que efectivamente estamos interesados. Incluso escuché una declaración del presidente Trump que podría lanzarse como presidente de Venezuela y ganaría las elecciones. Y ese es el espejismo. Algunos dicen que, si se sometiera a referendo tal posibilidad, el pueblo venezolano votaría masivamente a favor de eso.

Pero hay que tomar en cuenta el momento y el contexto para preguntar a las masas algo de semejante magnitud. Si le preguntas ahora mismo a una población mayoritariamente hambrienta y enferma si desea comida y calidad de vida en un contexto de destrucción generalizada del país, ¿qué creen ustedes que respondería la masa popular? Sin importar lo que se le pida a cambio, la respuesta sería un contundente SÍ. Por lo que hay que mirar con mucho cuidado quiénes están empujando esa propuesta, porque seguramente —y fuera de cualquier consideración ideológica— están buscando un beneficio concreto con esa posibilidad. Así los interesados estarían recogiendo los mangos bajitos, como decimos en Venezuela, sin importarles que el barco esté atracando en una isla llena de caníbales.

Y hablando de masas populares, Leoncio Martínez, Leo, periodista de comienzos del siglo pasado, director del Semanario Fantoches, posiblemente conocido por esta cátedra y los distinguidos invitados a este foro, escribió un editorial memorable hace casi 90 años, en septiembre de 1936, titulado “El Significado de las Masas Populares” que me permito citar en dos pasajes fundamentales, porque pienso que su esencia tiene mucha relación con esta discusión:

“Alguien ha dicho que “los pueblos son como los niños que no saben lo que quieren”, y esta ha sido otra afirmación empleada para constatar la teoría que ahora interesa a algunos; pero con esta afirmación ocurre algo tan descabellado como con la anteriormente expuesta. Puede que los pueblos no sepan lo que quieren, pero sí conocen sus necesidades, y cuando hay alguien capaz de traducir en palabras ese sentimiento popular, alguien que redacte y relate esas necesidades, el pueblo le acompaña decididamente, como acompañó a Boves primero y a Bolívar después”.

 Y más adelante añadió:

“Los pueblos no siguen a sus agitadores sino a quienes encarnen a una aspiración unánime de la mayoría. Los pueblos no conocen agitadores sino intérpretes, por eso siguen a quien les promete alimento cuando tienen hambre, a quien les habla de justicia cuando se sienten oprimidos, y hasta a aquellos que les prometen venganza cuando se sienten víctimas Fin de las citas (ver Leoncio Martínez, El Significado de las Masas Populares, Editorial del Sábado 26 de Septiembre de 1936, Semanario “Fantoches”, Año XIV, No. 55, en https://ticsddhh.blogspot.com/2011/06/el-significado-de-las-masas-populares.html).

El sufrido pueblo venezolano ha caído en el transcurso de su historia en los extremos, encarnados por muchos agitadores e intérpretes. Todos conocimos al intérprete de 1998 y la resultante de su propuesta de “venganza cuando se sintieron víctimas”: casi 30 años de destrucción sistemática del país. Y como resultado volvió a creer en otro intérprete el 28 de julio de 2024, cuya promesa todavía no se ha concretado por razones que escapan a esta discusión.

Pero en el medio de todo eso apareció la operación del 3 de enero de 2026, generando una nueva promesa de liberación a manos de un nuevo actor. ¿Será este nuevo actor un agitador o un intérprete? Todos los indicadores apuntan que al parecer es un agitador que busca ganancia de rio revuelto. Y sería muy triste que los venezolanos confundan ambas definiciones por desconocimiento de su propia historia.

Como indique en una nota pasada, el Estado 51 sería un mal negocio para nosotros (ver Estado 51: un mal negocio, en https://ticsddhh.blogspot.com/2026/05/estado-51-un-mal-negocio.html). Y el enfoque fundamental es que ahora estamos parados sobre el mismo dilema del intercambio desequilibrado que siempre tuvimos como pueblo frente aquellos que nos vienen a ofrecer algo supuestamente mejor. Deseamos ahora lo que creemos de valor, no solo por nuestra inédita situación de destrucción criminal, sino porque tenemos la percepción, a mi juicio errónea, de que lo que nos ofrecen como modo de vida superior -la norteamericana- no es más que un “espejito” actualizado que intentan intercambiar por la riqueza sobre la que nos encontramos sentados.

En estos días me enviaron un video titulado “Venezuela, el cofre del mundo”, que enumera en 3 minutos la grandiosidad en recursos que ya conocemos de nuestro país, pero también la resiliencia de nuestra gente. Me llamó la atención el nombre y las razones que aducen del porqué, de acuerdo a ese mensaje, la narrativa petrolera pretende esconder el resto del tesoro que existe en el cofre y la razones por las cuales las potencias se pelean por nuestro país (ver Venezuela, el cofre del mundo, en https://youtu.be/9vQVO_r7IfE). Y luego del 3 de enero ese cofre cayo en la influencia de los EEUU, como corolario de la cadena de errores cometidos por los venezolanos.

Pareciera que, geopolíticamente hablando, se están definiendo los bloques de influencia del mundo y quienes se encuentran al frente de cada uno de ellos, como ocurrió en Yalta y Potsdam en 1945, pero sin la necesidad de una guerra de por medio. Y Venezuela se encuentra en el bloque norteamericano. Y si alguno del resto de los bloques está interesado en algo nuestro, solo será posible con el consentimiento de los norteamericanos.

Aunque los EEUU regresen la soberanía y la conducción estratégica de nuestros asuntos a quienes desean unas elecciones inmediatas, difícilmente eso se hará sin estar condicionado a un alineamiento al bloque decidido mundialmente, con una garantía de no salirse de ese riel, so pena de una intervención militar.

Finalmente, no creo que Venezuela termine como un Estado Libre Asociado o un Estado de la Unión norteamericana, pero hay algo que sí puedo asegurar. Difícilmente, los factores que pretendieron ignorar el peso de la principal potencia del hemisferio en los asuntos latinoamericanos, a partir del 3 de enero deberán reevaluar utilizar nuestros territorios para organizar acciones en contra de la seguridad nacional de los EEUU. Esos tiempos ya forman parte del pasado. O dicho en venezolano para que todos lo entiendan: donde ronca tigre, no hay burro con reumatismo…

Muchísimas gracias…

Caracas, 25 de mayo de 2026

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viernes, 22 de mayo de 2026

Mas allá de una sentencia electoral

Imagen resumen de la nota cortesía de AI Google Gemini

Por Luis Manuel Aguana

Versión en inglés.

2da. Intervención en el episodio No 4 de la serie “Elecciones Soberanas 202x”, del Canal Sin Filtros, el 14 de mayo de 2026, en https://youtu.be/-PoHMgLfY0k

Yo quisiera, en esta parte, después de haber conversado en relación con el tema de la sentencia del 13 de junio de 2018, conversar un poco acerca de lo que realmente significa esa sentencia para los venezolanos. Todos los involucrados desde el punto de vista electoral, los partidos, los políticos, todo el mundo, ha dejado esa sentencia de lado y yo creo que es sumamente importante (ver texto completo de la sentencia electoral del TSJ en el exilio que anula el uso del voto automatizado para elecciones en Venezuela, en https://ticsddhh.blogspot.com/2018/06/tribunal-supremo-de-justicia-declara.html).

Al día siguiente de publicarse la sentencia del 13 de junio de 2018, escribí mi artículo que titulé "Más que una sentencia electoral" por una razón muy poderosa. Quienes solo leen el dispositivo legal solo ven un fallo jurídico. Yo veo algo mucho mayor. Y me permito explicar un poco por qué (ver Más que una sentencia electoral, en https://ticsddhh.blogspot.com/2018/06/mas-que-una-sentencia-electoral.html).

Primero: Esto no es una victoria, es un punto de partida. No quiero llamar a esto una victoria que ocurrió el 2028 con esa sentencia porque para hacerla efectiva todavía hay que seguir trabajando muchísimo. Y quiero en este momento aprovechar para recordar a quienes han estado en esta lucha desde el comienzo, sin los cuales no se hubiera avanzado hasta este punto, comenzando por Adriana Vigilanza García, quien, después de 2 procesos electorales aquí en Venezuela, llevó el caso venezolano al Tribunal Supremo en el exilio y logró esta sentencia. Y por supuesto gente como Guillermo (Salas), gente como Iñaki (Gainzaraín), gente como Maibort (Petit). Mucha gente, de la cual no me atrevería a hacer un listado y que prefiero no enumerar en este corto espacio porque sería injusto que dejara por olvido a alguno afuera, pero que contribuyó para que pudiéramos generar esta escena del crimen como la estamos planteando ahora.

Segundo: La oposición oficial ha decidido ignorar esta sentencia, como lo mencioné antes. Los políticos opositores aún siguen empeñados en convencer a los venezolanos de que la salida es pedir "elecciones con condiciones", sin explicar que esas condiciones son imposibles de alcanzar dentro del mismo sistema que fue declarado nulo en el 2018. Hablan del nombramiento de "otros rectores" como si el problema fuera quién opera la trampa y no la trampa misma. Todos, sin excepción, piden elecciones sin pasearse por el pequeñísimo detalle de que el sistema no sirve y debe ser sustituido. Espero que eso sea a partir de hoy un clamor de todos los venezolanos.

Tercero: En Venezuela no se pueden realizar más elecciones. Así de claro. La sentencia lo establece sin ambigüedad: no se pueden celebrar nuevos comicios hasta que no se cambie el sistema, se reforme la legislación electoral y se garantice un árbitro genuinamente independiente. A eso hay que sumarle un dato que la discusión política sistemáticamente ha querido ignorar: para el momento de esta sentencia, existían más de tres millones de venezolanos en la diáspora. Hoy hay más de 9 millones de venezolanos en la diáspora. 9 millones de personas inhabilitadas para votar, excluidas de hecho de cualquier proceso. Eso solo ya hace imposible hablar de unas elecciones legítimas.

Cuarto, y más importante: el orden correcto es Gobierno de Emergencia, u otro gobierno, un nuevo gobierno, luego reforma electoral y luego elecciones.

Esta es la conclusión que más incomoda a quienes viven de administrar la derrota. La salida de Venezuela no pasa por elecciones bajo lo que queda del régimen de Nicolás Maduro Moros, llámese Delcy, o los Rodríguez o como quiera que se llame. Pasa primero por un Gobierno de Emergencia Nacional que tenga la legitimidad suficiente y la voluntad de ejecutar plenamente esta sentencia: depurar el Registro Electoral, como bien ordenó la sentencia, implementar el voto manual, designar árbitros independientes y estabilizar el país.

Solo después de ese proceso de reinstitucionalización se puede convocar a nuevas elecciones con credibilidad. Invertir ese orden —esto es, ir a las elecciones primero dentro del mismo sistema fraudulento, esperando que algo cambie por arte de magia— es exactamente la trampa en la que hemos caído durante más de dos décadas.

Esta sentencia no está dirigida a los políticos que nos han frustrado. Está dirigida a nosotros, los ciudadanos. Por eso debemos comprenderla a cabalidad, difundirla y lograr hacerla valer, no permitiendo que sea enterrada por quienes tienen interés en que nada cambie.

Para concluir, la sentencia del Tribunal Supremo legítimo me enseñó, o más bien me confirmó, algo que ya sabía desde el punto de vista técnico: que el derecho al voto sin garantías reales de autenticidad no es democracia, sino su simulacro. Que una sociedad puede ser sometida no solo a través de la fuerza bruta, sino a través de la ingeniería electoral: registros inflados, máquinas opacas, árbitros militantes. Y que el Derecho Internacional ya tiene las herramientas para nombrar y combatir exactamente eso.

Esto no es una simple sentencia electoral. Es un pronunciamiento sobre lo que significa vivir en democracia. Y nosotros, los venezolanos, todos los ciudadanos, tenemos la obligación de hacerla cumplir.

Gracias Maibort….

Caracas, 22 de mayo de 2026

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jueves, 14 de mayo de 2026

Estado 51: un mal negocio

Imagen resumen de la nota cortesía de AI Google Gemini

Por Luis Manuel Aguana

Versión en ingles

Lo primero que me vino a la mente cuando escuché por primera vez esta especie de “Venezuela, Estado 51 de los EEUU” fue preguntarme hasta dónde había llegado la destrucción física, moral y espiritual de los venezolanos, que le hiciera aspirar a cualquier persona nacida en este país formar parte de otro, olvidando en un momento todo lo que ha sucedido en el territorio que hoy conocemos como Venezuela en más de 500 años de historia, así como toda la sangre derramada desde ese entonces para ser considerada una república independiente, a la par de cualquier nación.

Cuando los españoles llegaron a estas tierras que luego se conocieron como “americanas”, existían ya civilizaciones como los Mayas y los Incas que poseían conocimientos matemáticos, astronómicos, de ingeniería hidráulica, medicina, cultivos agrícolas, alimentación, higiene pública, planificación urbana que las potencias europeas alcanzaron siglos después.

Existen evidencias de que las principales etnias indígenas de la región norte de la actual América del Sur no estaban aisladas y sostenían un intercambio comercial intenso que conectaba las civilizaciones del norte (Mayas-Mesoamérica) y sur (Incas-Región Andina) de la actual América.

Los Caribes, nuestra ascendencia indígena más directa, y que fuimos los que les dimos más guerra a los españoles, participamos activamente en esa red de intercambio en el Caribe, sirviendo de enlace para productos desde el Delta del Orinoco hasta las Antillas Mayores (ver investigación corta de todo lo anterior en https://gemini.google.com/share/d3dd86d333b3).

¿Por qué hago este breve recuento precolombino? Para recordar que los pueblos considerados hoy latinoamericanos teníamos civilizaciones en muchos aspectos mucho más adelantadas al fenómeno cultural europeo y que, por su mejor tecnología de guerra e inclinación a la dominación, trajeron a estas tierras sus disputas territoriales y de conquista, destruyendo culturas y civilizaciones ya establecidas por siglos e imponiendo un modo de vida considerado “civilizado”. Eso costó millones de vidas y la imposición de un mundo por otro.

Podríamos debatir años si lo que vino era mejor que lo que existía, pero la historia nos confirma que tal vez no lo fue porque siglos después vinieron las guerras de los descendientes de esos invasores para independizarse de las potencias conquistadoras originales, con más sangre en el camino. La combinación de todo ese proceso es lo que en esencia somos.

La cronología de la conquista revela una serie de intercambios desiguales marcados por la subjetividad del valor. El ejemplo de los “espejitos” ilustra un encuentro entre dos cosmovisiones: cada grupo cedía lo que en su contexto sobraba por aquello que deseaba. Así, la entrega de oro no fue un acto de candidez, sino el reflejo de una diferencia cultural profunda; para el indígena, el metal precioso tenía una función sagrada o decorativa, a diferencia del valor pecuniario que le otorgaba el europeo.

Los locales no entendieron la magnitud del peligro hasta que la codicia de los extraños se tornó violenta. Al priorizar el oro sobre la vida humana, estos últimos justificaron el exterminio de la población local tratándolos como bestias, movidos únicamente por el valor material de los metales preciosos.

Sin importar la época, ahora estamos parados sobre el mismo dilema del intercambio desequilibrado. Deseamos ahora lo que creemos de valor, no solo por nuestra inédita situación de destrucción criminal, sino porque tenemos la percepción, a mi juicio errónea, de que lo que nos ofrecen como modo de vida superior no es más que el “espejito” actualizado por el lingote de oro sobre el que nos encontramos sentados.

Si nos hubieran ofrecido el mismo trato en los 50s o 60s, cuando nuestra moneda era más dura que el dólar y el modo de vida norteamericano era muy superior al actual, nos hubiéramos muerto de la risa de esa oferta del Estado 51 en la cara de su presidente.

Pero ahora la desesperación nos está moviendo a tan siquiera considerar ese mal negocio. Y no solo porque nuestras riquezas siguen siendo incalculables, a pesar del mayor y criminal robo que ha sufrido país alguno en la humanidad, sino porque nuestra cultural manera de desear arreglar los problemas a la brevedad posible nos empuja a aceptarlo sin pensar.

No entraré aquí a considerar, como ya lo han hecho otros, los pasos, afuera y adentro, para que pueda concretarse semejante aberración de borrar de un plumazo nuestra historia y cultura a favor de semejante despropósito, sino que mi reflexión va dirigida al porqué se prefiere ese camino que trabajar para salir de esta situación por nuestros propios medios y, por supuesto, con cualquier ayuda que nos puedan brindar —incluso los mismos EEUU— utilizando esos recursos que pretendemos entregar por un “espejito”.

Los caribes fuimos guerreros desde antes que aparecieran los españoles en nuestras costas. No fuimos particularmente trabajadores de la tierra o gente pacífica. Por eso fuimos arrasados y obligados a adoptar el modo de vida español, incluso a cambiar nuestros nombres y apellidos al imponerse la religión católica.

Al decir de mi padre, el Dr. Raúl Aguana Figuera, historiador, ante esa agresión, nuestros ancestros en el oriente del país se negaron a cambiar su apellido indígena por uno castellano. Somos pocas las familias de origen indígena venezolano las que aún lo conservamos hasta nuestros días, como se demuestra en una lista publicada hace más de 40 años por el Centro Virtual Cervantes: “…una lista de apellidos indígenas que, sorprendentemente, ha resultado bastante nutrida, si se considera la destrucción masiva de indígenas que, debido a guerras y epidemias, tuvo lugar durante la Conquista y la Colonia” (ver Notas sobre apellidos venezolanos, Apellidos indígenas, pág. 149, Thesaurus, Tomo XL, Num. 1 (1985), Jaime Tello, en https://cvc.cervantes.es/lengua/thesaurus/pdf/40/TH_40_001_130_0.pdf).

Es posible que estas líneas estén movidas por la pasión venezolanista de un descendiente indígena originario de estas sufridas tierras, y no puedo negar que el “espejito” de Trump luzca atractivo, pero tampoco podemos negar que es un hecho históricamente comprobado que estos intercambios han resultado un mal negocio para nuestros pueblos.

El costo de haber obtenido la libertad de los españoles para considerarnos una República independiente es tan comparable como el costo que pagaron los mismos norteamericanos en conseguir la suya de los ingleses.

¿Estamos dispuestos a canjear nuestra bien ganada condición de República independiente, forjada en más de 500 años de lucha y sangre, por el “espejito” de un “sueño americano” en decadencia? Resulta insólito que estemos listos para entregar nuestras riquezas —consideradas de las más valiosas y grandes del mundo— por una promesa que ya no tienen e intentan recuperar sin éxito. No hace falta ser un descendiente de los caribes para comprender que estamos ante una repetición de la historia: un intercambio profundamente desigual y un pésimo negocio para nuestra nación.

Caracas, 14 de mayo de 2026

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