martes, 8 de noviembre de 2011

¡Libertad para los presos políticos!

Por Luis Manuel Aguana


Dedicado a todos los presos políticos de Hugo Chávez Frías

Pusieron preso a tu marí’o Guillermina / pusieron preso a tu marí’o Guillermina / y se lo llevaron para una fuerte prisión / y como Guillermina quería tanto a su marí’o / fue a la cárcel a cantarle una canción // Murió mi madre y yo ‘staba ausente / murió mi madre y yo ‘staba ausente / yo ausente ‘staba yo no la vi / pero me dijo mi padre que en su agonía de muerte / alzó su mano y me bendijo a mi / alzo su mano y me bendijo a mi…”. Debo confesar que se me aguaron los ojos y se me puso un nudo en la garganta y el corazón chiquito cuando escuché por primera vez estas estrofas de la malagueña venezolana en la voz del Maestro Simón Diaz, rememorando los presos y los muertos en las prisiones de Juan Vicente Gomez. No existe sensación que pueda compararse al sobrecogimiento que produce eso cuando eres joven y nunca habías visto los horrores de una cárcel como la Rotunda. Cada vez que oigo de los presos políticos me acuerdo de esas estrofas del Tío Simón; es un sentimiento muy hondo y difícil de olvidar.

Siempre llamó mi atención el periodo histórico de Juan Vicente Gomez. Siento que en ese período se marcaron con mayor profundidad los mejores y los peores aspectos de los venezolanos. Entre los mejores puedo citar el surgimiento de una generación de venezolanos que dibujaron la Venezuela del futuro y la llevaron a cabo. Y de entre los peores, las torturas y los presos políticos. Ambos aspectos siguen vigentes en la Venezuela de hoy.

Cada época de oscurantismo en Venezuela produce presos políticos. Estamos en una de esas épocas. Y en cada una de ellas se trató siempre de inmortalizar el sufrimiento de esos seres, que no solo ubicaban en la realidad a los ciudadanos de su tiempo recordándoles tercamente que allí estaban, sino que eran una piedra en el zapato permanente del tirano que los producía. Andrés Eloy Blanco inmortalizó con su “Palabreo de la alegría perdida” el sufrimiento de los presos del Castillo de Puerto Cabello. Pero lo que en realidad estremecía sobresaliendo de esas coplas dirigidas al Compadre Venancio Laya era que esas almas sometidas jamás se doblegaron ante ningún tirano, como burlándose de que aún siendo torturadas tenían todavía los ánimos para cantarle a la vida. Y aun sigue siendo así.

De la misma forma José Vicente Abreu inmortalizó para los venezolanos de todas las generaciones el sufrimiento y las torturas de los presos de la Seguridad Nacional en la época de la dictadura de Marcos Perez Jimenez en su obra “Se llamaba SN” y que leí en mis primeros años de la universidad. En aquella época ni me podía imaginar que podrían de nuevo existir presos políticos en la Venezuela contemporánea y veía eso como si fuera historia antigua porque vivíamos un momento en que teníamos elecciones y cambiábamos gobiernos con votos. Veíamos las persecuciones políticas de los gobiernos del status de entonces pero también veíamos que existían los resortes de investigación en los tribunales y en el antiguo Congreso Nacional, que lograron poner en la cárcel a quienes perseguían y torturaron por razones políticas. Esas investigaciones eran conducidas por quienes yo pensaba en mi juventud que eran paladines de los Derechos Humanos en aquel tiempo y hoy son los grandes defensores de este régimen que tiene presos políticos enfermos y que se niega a ponerlos en libertad. Tarde me di cuenta que no defendían los Derechos Humanos sino que era una defensa al cómplice de una banda de delincuentes.

Los venezolanos de las últimas generaciones no habíamos visto de cerca este fenómeno. Solo nuestros abuelos o nuestros padres que vivieron en la dictadura de Perez Jimenez pudieron observar de cerca lo que significaba el sufrimiento de seres humanos presos y enfermos, producto de la persecución por motivos políticos. El cuerpo social venezolano había olvidado qué era eso. Y vino este gobierno a recordarnos de nuevo esa parte macabra de nuestra historia que debió haberse derrumbado y sepultado con los muros de la Rotunda o el cierre del Castillo Libertador de Puerto Cabello, como cárcel para los perseguidos políticos.

Así como las épocas oscuras de las dictaduras en Venezuela produjeron presos políticos, produjeron también los anticuerpos para que eso no volviera a suceder. Pero esos anticuerpos sociales duran poco tiempo generacional. Hace falta que todos nos hagamos presentes para que regímenes como el actual no vuelvan a ocurrir en Venezuela. Pero tercamente la historia se repite y se repite. Es como si los pueblos olvidaran y viene de pronto alguien y te pone en la realidad más cruda: ¡las tragedias pueden volver a ocurrir! Y si nosotros no escribimos, documentamos, cantamos esas historias como lo hicieron antes Leoncio Martínez contando la época de Gómez, Andrés Eloy Blanco y José Vicente Abreu contando la época de Perez Jimenez, esto nos va a volver a pasar. No se necesita tener la grandeza de esa gente para hacerlo, solo un poco de compasión humana.

Y lo más triste es que las tragedias personales se parecen tanto entre cada época que pareciera imposible que una sociedad las olvide. Porque esto no es algo que uno ve en la televisión y se conduele de la familia de Henry Vivas o de Iván Simonovis o del Comisario Mazuco a larga distancia. Son historias de gente de carne y hueso, como ustedes o como yo, a quienes sus familias lloran como podría ahora llorar yo por la mía, si me sucediera algo así. Es por eso que quiero traer aquí la historia de Gustavo Vaz, preso político de Juan Vicente Gomez en 1919, quien fuera torturado por una falsa denuncia y que luego murió muy enfermo a los pocos días de que Gomez lo soltara. Quiero contarla y contarla y pedirles a todos ustedes que la repliquen lo más que puedan porque eso le pasó a una familia venezolana como la mía o como la suya en este país, pero hace 92 años! Les invito a leer su historia completa (ver en el blog “Una Víctima de Gomez” en http://ticsddhh.blogspot.com/2011/11/una-victima-de-gomez.html) publicada en el semanario Fantoches del 11 de julio de 1936. ¡Qué increíble el parecido a la historia de nuestros actuales presos políticos! Un individuo acusado injustamente, sometido a los más barbaros tratamientos y luego soltado para morirse enfermo y desahuciado con su familia destruida y quebrada. ¡Han pasado 92 años del caso de Gustavo Vaz y la sociedad venezolana no ha aprendido nada! ¡Por Dios, no permitamos que eso pase de nuevo!

Y tal como dijera Fantoches en 1936, “Lúgubre cuadro de abandono y de siniestra saña, que hoy implora justicia ante los tribunales…. y que, no deberá caer del todo en el olvido, expedientes del juicio con que la posteridad ha de sentenciar al Gobierno de Gómez como una de las etapas inconcebiblemente bárbaras, infamantes y crueles que haya sufrido país alguno en el mundo.” No dudo ni un segundo en darle ese mismo tratamiento al gobierno de Hugo Chávez. La saña, la malicia, la crueldad y el tratamiento verdaderamente bárbaro e infame al cual han sido sometidos los presos políticos en el régimen de Hugo Chávez, le hacen responsable a él y a su gobierno, culpables de crímenes de lesa humanidad en contra de los Derechos Humanos de estas personas, con todas las consecuencias que ello tiene. Vale de nuevo la ocasión para exigir otra vez y desde aquí la visita de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos a nuestro país para verificar el estado de cumplimiento de los Derechos Humanos, así el gobierno la niegue las veces que quiera.

Pero lo peor para ellos no será la acusación ante el mundo de los desmanes cometidos contra los presos políticos y sus familias. Será el juicio que la posteridad venezolana les hará, como ahora nosotros se lo hacemos al régimen de Juan Vicente Gomez y que se refleja en esta referencia obligada que hago aquí al recuerdo de las torturas que en 1919 sufrió el doctor Gustavo Vaz; al honor y respeto que le damos los venezolanos de la actualidad y que merece su familia a los 92 años de esa tragedia. Y es por eso, en conmemoración a ellos y en conmemoración a todos los presos políticos de la historia venezolana, que no debemos dejar que eso se repita en Venezuela, ni en este gobierno ni en ningún otro en el futuro. No podemos dejar que haya presos políticos ahora, ni tolerar el sufrimiento de ellos ni el de su familia. ¡En honor a los presos políticos del pasado, no podemos dejar que haya presos políticos en el presente! Por eso todos los venezolanos debemos gritar ahora, siempre y de manera terca y consistente: ¡Libertad para Henry Vivas YA! ¡Libertad para los presos políticos!

Caracas, 8 de Noviembre de 2011

Blog: http://ticsddhh.blogspot.com/

Email: luismanuel.aguana@gmail.com

Twitter:@laguana

Una Víctima de Gómez

Como se sacrificaba a un inocente, por un chisme. Suplicio y muerte del doctor Gustavo Vaz

Autor Anónimo

Revista Fantoches – 11 de Julio de 1936, No. 544, Pag. 2

Entre las más recientes demandas propuestas contra la herencia de Juan Vicente Gómez, fabulosa pirámide amasada con sangre de martirio y oro de rapiña, figura la propuesta por la señora viuda e hijo del doctor Gustavo Vaz, sacrificado en la Rotunda de Caracas.

Gustavo Vaz – “Guche”, como se le llamaba cariñosamente, fue nuestro amigo antes de la prisión y compañero, pared por medio, de nuestro director durante el año terrible del 19 en los lúgubres calabozos de la mazmorra que constituía un ultraje para la civilización y que hoy con íntima fruición, la vemos desmantelada desmoronarse al golpe de la piqueta sobre sus pétreos muros coloniales.

La Rotunda está casi ya en el suelo, para dejar sitio a la Plaza de La Concordia…¡Gloria a la hora feliz de las reivindicaciones! Y Así mismo se deberá ver desmantelarse y desmoronarse la inmensa fortuna de Gómez y las de aquellos que con él contribuyeron al escarnio y al despojo del pueblo venezolano, para que sus reliquias reivindiquen en parte a los que sufrieron y murieron en las cárceles, en muchas ocasiones injustamente perseguidos, como es el caso del doctor Vaz.

En recuerdo de la triste camaradería de secuestrados, pedimos a su hijo- que ya es todo un mozo y se llama Gustavo, como él- que nos suministrase detalles de la causa, suplicio y muerte de su padre, y el joven Vaz nos trajo escrito un breve memorial del cual transcribimos los puntos principales.

El doctor Gustavo Vaz ejercía en Caracas su profesión de dentista, con extensa clientela y y sólido aprecio social, como cabeza de un honorable hogar al que trascendía el júbilo de dos retoños.

Para 1918 resolvió ir a Puerto Rico en compañía de su esposa y de sus dos pequeños hijos, Josefina y Gustavo, en viaje de recreo y al desembarcar en la isla borinqueña encontróse con su antiguo y buen amigo el General Rafael María Carabaño, exilado de Venezuela como revolucionario, con el cual charló sin rodeos, como el que tropieza con un conocido al que se deja de ver por mucho tiempo y, luego, durante su permanencia en la isla, se les presentó de nuevo la oportunidad de avistarse varias veces…¡Qué tremendo delito significaba para un venezolano en el exterior saludar siquiera, bajo la mirada alerta de los espías, a un enemigo de Gómez! ¡Sentencia de muerte!

No tardaron los calumniadores en ejercer su triste misión; el Cónsul de Venezuela en Puerto Rico entonces, el doctor Diego Arcay Smith, esperó a que Gustavo Vaz regresara a Venezuela, para delatarlo como portador de “Correspondencia revolucionaria” y a los trece días de su arribo a la Patria, o sea en junio de 1919, el doctor Vaz fue encarcelado “por orden directa de Juan Vicente”, según expresó su tristemente célebre hermano don Juancho.

Trasladado a la Rotunda, fue sometido a todo género de torturas, para que “cantara” y-puesto que nada sabía de lo que se le imputaba no “cantó”. Después se le mantuvo “incomunicado” en el calabozo número 25 de la redoma nueva, sometido a las privaciones y vejámenes que se estilaban contra los presos “peligrosos”, y por fin puesto en libertad el 14 de noviembre del mismo año, gracias a la “magnanimidad” del “Jefe” dándosele por cárcel su casa de habitación.

Pero la piedad del sátrapa advino demasiado tarde para Gustavo Vaz. Los tormentos, el hambre, la carencia absoluta de medicación y la angustia del hogar en desamparo, habían aniquilado física y moralmente su humana contextura y el retorno a su casa fue al lecho de muerte, donde expiró diez y ocho días después, el 2 de diciembre de 1919.

El doctor Gustavo Vaz dejó a su viuda y los dos huerfanitos en la más espantosa miseria, pues los escasos ahorros obtenidos con el ejercicio profesional se disiparon en atender a los gastos de su prisión, contribuyendo a la codiciosa avidez de los carceleros de Gómez.

Para no perecer de hambre, la señora viuda, en compañía de su hijita de doce años, Josefina, tuvo que emplearse como empaquetadora en la fábrica de cigarrillos “Bandera Roja”, e irse a vivir con los dos huerfanitos, en la casa de vecindad más barata que encontraron. Pero tiempo después la pequeña Josefina moría de tuberculosis adquirida en los precarios corredores del hospedaje, en el mísero cuartucho donde se refugiaron y en la tarea diaria y dura para su endeble niñez.

Lúgubre cuadro de abandono y de siniestra saña, que hoy implora justicia ante los tribunales y que, como resultante del suplicio del compañero de cárcel, nos mueve a reanudar en próxima ocasión nuestros artículos sobre “la siniestra Rotunda”, dejados de la mano por imperativos del abrumador trabajo, pero cuya conclusión no deberá caer del todo en el olvido, expedientes del juicio con que la posteridad ha de sentenciar al Gobierno de Gómez como una de las etapas inconcebiblemente bárbaras, infamantes y crueles que haya sufrido país alguno en el mundo.