Por Luis Manuel Aguana
Lo primero que me vino a la mente cuando escuché por primera vez esta especie de “Venezuela, Estado 51 de los EEUU” fue preguntarme hasta dónde había llegado la destrucción física, moral y espiritual de los venezolanos, que le hiciera aspirar a cualquier persona nacida en este país formar parte de otro, olvidando en un momento todo lo que ha sucedido en el territorio que hoy conocemos como Venezuela en más de 500 años de historia, así como toda la sangre derramada desde ese entonces para ser considerada una república independiente, a la par de cualquier nación.
Cuando los españoles llegaron a estas tierras que luego se conocieron como “americanas”, existían ya civilizaciones como los Mayas y los Incas que poseían conocimientos matemáticos, astronómicos, de ingeniería hidráulica, medicina, cultivos agrícolas, alimentación, higiene pública, planificación urbana que las potencias europeas alcanzaron siglos después.
Existen evidencias de que las principales etnias indígenas de la región norte de la actual América del Sur no estaban aisladas y sostenían un intercambio comercial intenso que conectaba las civilizaciones del norte (Mayas-Mesoamérica) y sur (Incas-Región Andina) de la actual América.
Los Caribes, nuestra ascendencia indígena más directa, y que fuimos los que les dimos más guerra a los españoles, participamos activamente en esa red de intercambio en el Caribe, sirviendo de enlace para productos desde el Delta del Orinoco hasta las Antillas Mayores (ver investigación corta de todo lo anterior en https://gemini.google.com/share/d3dd86d333b3).
¿Por qué hago este breve recuento precolombino? Para recordar que los pueblos considerados hoy latinoamericanos teníamos civilizaciones en muchos aspectos mucho más adelantadas al fenómeno cultural europeo y que, por su mejor tecnología de guerra e inclinación a la dominación, trajeron a estas tierras sus disputas territoriales y de conquista, destruyendo culturas y civilizaciones ya establecidas por siglos e imponiendo un modo de vida considerado “civilizado”. Eso costó millones de vidas y la imposición de un mundo por otro.
Podríamos debatir años si lo que vino era mejor que lo que existía, pero la historia nos confirma que tal vez no lo fue porque siglos después vinieron las guerras de los descendientes de esos invasores para independizarse de las potencias conquistadoras originales, con más sangre en el camino. La combinación de todo ese proceso es lo que en esencia somos.
La
cronología de la conquista revela una serie de intercambios desiguales marcados
por la subjetividad del valor. El ejemplo de los “espejitos” ilustra un
encuentro entre dos cosmovisiones: cada grupo cedía lo que en su contexto
sobraba por aquello que deseaba. Así, la entrega de oro no fue un acto de
candidez, sino el reflejo de una diferencia cultural profunda; para el
indígena, el metal precioso tenía una función sagrada o decorativa, a
diferencia del valor pecuniario que le otorgaba el europeo.
Los locales no entendieron la magnitud del peligro hasta que la codicia de los extraños se tornó violenta. Al priorizar el oro sobre la vida humana, estos últimos justificaron el exterminio de la población local tratándolos como bestias, movidos únicamente por el valor material de los metales preciosos.
Sin importar la época, ahora estamos parados sobre el mismo dilema del intercambio desequilibrado. Deseamos ahora lo que creemos de valor, no solo por nuestra inédita situación de destrucción criminal, sino porque tenemos la percepción, a mi juicio errónea, de que lo que nos ofrecen como modo de vida superior no es más que el “espejito” actualizado por el lingote de oro sobre el que nos encontramos sentados.
Si nos hubieran ofrecido el mismo trato en los 50s o 60s, cuando nuestra moneda era más dura que el dólar y el modo de vida norteamericano era muy superior al actual, nos hubiéramos muerto de la risa de esa oferta del Estado 51 en la cara de su presidente.
Pero ahora la desesperación nos está moviendo a tan siquiera considerar ese mal negocio. Y no solo porque nuestras riquezas siguen siendo incalculables, a pesar del mayor y criminal robo que ha sufrido país alguno en la humanidad, sino porque nuestra cultural manera de desear arreglar los problemas a la brevedad posible nos empuja a aceptarlo sin pensar.
No entraré aquí a considerar, como ya lo han hecho otros, los pasos, afuera y adentro, para que pueda concretarse semejante aberración de borrar de un plumazo nuestra historia y cultura a favor de semejante despropósito, sino que mi reflexión va dirigida al porqué se prefiere ese camino que trabajar para salir de esta situación por nuestros propios medios y, por supuesto, con cualquier ayuda que nos puedan brindar —incluso los mismos EEUU— utilizando esos recursos que pretendemos entregar por un “espejito”.
Los caribes fuimos guerreros desde antes que aparecieran los españoles en nuestras costas. No fuimos particularmente trabajadores de la tierra o gente pacífica. Por eso fuimos arrasados y obligados a adoptar el modo de vida español, incluso a cambiar nuestros nombres y apellidos al imponerse la religión católica.
Al decir de mi padre, el Dr. Raúl Aguana Figuera, historiador, ante esa agresión, nuestros ancestros en el oriente del país se negaron a cambiar su apellido indígena por uno castellano. Somos pocas las familias de origen indígena venezolano las que aún lo conservamos hasta nuestros días, como se demuestra en una lista publicada hace más de 40 años por el Centro Virtual Cervantes: “…una lista de apellidos indígenas que, sorprendentemente, ha resultado bastante nutrida, si se considera la destrucción masiva de indígenas que, debido a guerras y epidemias, tuvo lugar durante la Conquista y la Colonia” (ver Notas sobre apellidos venezolanos, Apellidos indígenas, pág. 149, Thesaurus, Tomo XL, Num. 1 (1985), Jaime Tello, en https://cvc.cervantes.es/lengua/thesaurus/pdf/40/TH_40_001_130_0.pdf).
Es posible que estas líneas estén movidas por la pasión venezolanista de un descendiente indígena originario de estas sufridas tierras, y no puedo negar que el “espejito” de Trump luzca atractivo, pero tampoco podemos negar que es un hecho históricamente comprobado que estos intercambios han resultado un mal negocio para nuestros pueblos.
El costo de haber obtenido la libertad de los españoles para considerarnos una República independiente es tan comparable como el costo que pagaron los mismos norteamericanos en conseguir la suya de los ingleses.
¿Estamos dispuestos a canjear nuestra bien ganada condición de República independiente, forjada en más de 500 años de lucha y sangre, por el “espejito” de un “sueño americano” en decadencia? Resulta insólito que estemos listos para entregar nuestras riquezas —consideradas de las más valiosas y grandes del mundo— por una promesa que ya no tienen e intentan recuperar sin éxito. No hace falta ser un descendiente de los caribes para comprender que estamos ante una repetición de la historia: un intercambio profundamente desigual y un pésimo negocio para nuestra nación.
Caracas, 14 de mayo de 2026
Blog: TIC’s & Derechos Humanos, https://ticsddhh.blogspot.com/
Email: luismanuel.aguana@gmail.com

Es una narración exacta de lo ocurrido y un fuerte recordatorio de lo mucho y grande que hemos sido y de lo que podemos. hacer.Estimilante lectura, un fuerte abrazo Diego Arria
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