sábado, 29 de octubre de 2011

Presidente, muera en paz


Por Luis Manuel Aguana

Me había resistido a escribir en relación a la enfermedad del Presidente. Tal vez porque, independientemente que esta enfermedad sea considerada una razón de Estado, pensé que era un tema tan intimo y tan privado de cada ser humano, que estimé que respetuosamente debíamos dejar que este permaneciera así, aun siendo la persona que es el Presidente. Aún así lo creo. Pero asimismo, al ser el Presidente una persona pública creo que no hemos abordado su enfermedad terminal de la manera más apropiada. Es como si todos nos colocáramos alrededor del lecho de muerte de alguien que está en los últimos momentos de su vida, como zamuros, a la espera de que se muera. ¿Cuál podría ser la reacción de cualquier ser humano moribundo? ¡Vayan todos al c…, no me voy a morir para no darles el gusto! Y eso es precisamente lo que está sucediendo con el Presidente.

Sus familiares cercanos están tan asustados como él. Y a pesar de que no lo creamos así, el Presidente es un ser humano como cualquiera y está sumamente asustado. ¿Y como no estarlo? Está tan consciente de su estado que es imposible que en este momento no pase por su mente lo que pasa por la mente de todo a quien la muerte le ronda cerca. Su vida entera debe estar desfilando al frente de sus ojos. No escribo estas líneas con odio opositor. Las escribo tratando de entender al ser humano que debió en algún momento de su vida haber pensado en el bienestar de su país y que ahora utiliza todos los recursos que tiene a su disposición para alargar lo más que se pueda la vida que se le escapa como arena de entre las manos.

Algunos dirán que escribo con aire condescendiente o perdonavidas. No, no es así. Ubíquense en el contexto de un enfermo terminal de cáncer. Toda la familia de un enfermo en esas condiciones se descapitaliza tratando de alargar aunque sea en un día la vida de un ser amado. Un hijo, un padre, un hermano. Que no daría una madre por salvar a su hijo de esa enfermedad. No hay comparación con otra. Es una lucha vital que dura lo que dura. Familias enteras han sucumbido económicamente a esa enfermedad aunque conozcan la inevitabilidad del desenlace. Todos dicen lo mismo: si hubieran tenido que pagar lo que fuera necesario para salvar o alargar la vida del ser amado, lo hubieran hecho sin dudarlo.

Las informaciones que nos llegan por los correos y otros medios indican que la propia familia del Presidente fraguó las declaraciones del médico de cabecera en el exterior con el fin de que se dejara morir en paz al Presidente, alargándole la vida lo más posible; y que en esos últimos días disfrutara como cualquier ser humano del calor y el amor de su familia y que todos deben tener para despedirse de este mundo como Dios manda. Pero ha prevalecido la razón política. Y eso es lo que no acepta la familia, de acuerdo a la información que circula. Y tampoco, por negación, lo acepta el Presidente. De allí su empeño en aparecer como si nada le pasara.

Quiero abordar respetuosamente este tema. Creo que la oposición formal y democrática ha hecho lo suyo indicando que desean la mejoría del Presidente. Y es verdad. Pero esto ya dejo de ser un problema personal del Jefe de Estado para convertirse en un problema de todos, un problema del país. Porque como en otras épocas, con otros Presidentes de Venezuela, esto significó la estabilidad de la República y su futuro histórico. De acuerdo a su médico de cabecera el Presidente está condenado a morir en un plazo breve. Esto es serio.

Cuando a alguien le dicen que ya tiene fecha para abandonar este mundo, también le dicen que ponga en orden sus asuntos. Puede que su hora no llegue en el momento que señalen los médicos, pero el diagnostico suele ser implacable. Usted debe ordenar sus asuntos.

El Presidente se ha empecinado en negar la circunstancia. Cualquier médico puede afirmar que se encuentra en una etapa de negación. Eso es lo normal. Pero los hechos le llevarán inevitablemente a aceptar el dictamen del Todopoderoso y es en ese momento en donde deberá hacer un serio examen de conciencia acerca de lo que ha hecho en su vida. Ese juicio, que es el más duro, se lo hará él mismo. Es allí a donde van dirigidas estas líneas, sin ánimo de retaliación.

Cuando se halle solo, con su conciencia, y se mire a sí mismo, con la única presencia del Creador, hará un examen de su vida. En el fondo, no creo que el Presidente ignore todo lo que ha pasado en este país. Las injusticias, las peticiones de aquellos que también tienen enfermos de cáncer en sus familias y que se han encontrado con una pared de olvido flagrante de aquel quien pudo en estos momentos mejorar, al menos en parte, su situación y no lo hizo. El Presidente se haría un bien íntimo y de descarga de conciencia ayudando especialmente a quienes como él sufren de esa penosa enfermedad y no consiguen ayuda de nadie, solo el olvido del gobierno. No creo que en ese momento el Presidente no dedique un minuto para el recuerdo a la injusticia cometida con Franklin Brito y le pida su perdón y se arrepienta, como muchas veces lo hizo, pero esta vez de verdad. Y todas las injusticias que en el fondo sabe que se han cometido y aún se cometen a la sombra de su consentimiento, como todos los presos que son considerados suyos, vejados de manera injusta en las cárceles políticas de su gobierno, a espaldas de todo Derecho Humano concebible.

La Fé cristiana nos enseña que una persona antes de morir, si se arrepiente de verdad, será perdonada. Creo que al final se arrepentirá. No viajó desde La Habana directo hasta el Cristo de La Grita por nada. Sabe lo que pasará y lo espera. Y es en este punto en donde el Presidente debe reconciliarse con la sociedad venezolana. ¿Y qué significa esto? Abrirse y decirse a sí mismo la verdad. Que no quiso que la familia venezolana se enfrentara, que la división de clases que propuso no fue más que un artilugio electoral para ganar votos, que en realidad no deseaba que los venezolanos se dividieran y se odiaran entre sí. Que no era su intención promover y no detener una violencia criminal que se llevo a miles de venezolanos a la tumba y que se arrepiente genuinamente de ello. Que de verdad intentó que las promesas de 1998 se hicieran realidad pero el poder, como una suerte de droga, fue un espejismo tan atrayente que se olvidó de eso. Todo esto debe provenir desde adentro, del alma misma de la persona, de un arrepentimiento genuino. Nadie puede decirle a nadie como descargar ni expiar culpas y mucho menos en una situación de trance final. Eso solo será de la intimidad del Presidente.

¿Qué le podemos decir a alguien que se está muriendo? Muchos hemos pasado por eso y creo de esa experiencia amarga que lo mejor es desearle que su trance sea rápido y sin sufrimiento. Otros le han deseado una muerte dolorosa y difícil al Presidente. A diferencia de ellos, yo le deseo una muerte en paz. Y para que eso ocurra debe, en lo poco que le queda de vida, reconciliarse seriamente con los venezolanos en la promesa básica que asumió al llegar al poder en 1998: unión, trabajo, progreso y paz para todos. Presidente ponga en orden sus asuntos, reconcíliese con los venezolanos y muera en paz…

Caracas, 29 de Octubre de 2011

Twitter:@laguana