domingo, 2 de octubre de 2011

Entierro de pueblo

Por Luis Manuel Aguana

Dedicado a mi tía Petra Isabel a quien todo el mundo quiso en Puerto Píritu

¿Alguno de ustedes ha estado en uno? Todo venezolano que se precie de tal sabe a lo que me refiero con este título. Forman parte de nuestro acervo cultural, que esta sociedad modernizada de los últimos tiempos en nuestras grandes capitales ya ha olvidado. Se vela al difunto en su propia casa adonde concurren no solo los familiares sino todos sus conocidos y amigos de toda la vida. Van todos a rendir tributo a la vida del difunto y en algunos casos, sino en todos, pasan la noche celebrando en una tenida matizada con licor, el recuerdo de la vida del que se fue pero que perdurará en el corazón de todos los que se quedaron.

Y luego, después de haberlo velado toda la noche, el grupo toma el féretro en hombros y lo lleva en una larga procesión hasta el cementerio, sitio de descanso final del difunto. Y sin importar que tan lejos esté el sitio, o si el sol es inclemente, hombres, mujeres, viejos, jóvenes, niños, ancianas, caminan en silencio detrás de esa procesión. Esa procesión cruza el pueblo, sin permiso de nadie, de autoridad alguna, y todos los conductores se detienen en un solemne respeto al que se va. Así ocurren aún los entierros en los pueblos de Venezuela.

Varias cosas me llaman la atención de ese singular acto de despedida en los pueblos de nuestro país y que de alguna manera forman parte de nuestra estructura de pensamiento como pueblo. La primera de ellas es la solidaridad. Cuando alguien fallece en una calle del pueblo, automáticamente los vecinos la cierran. No pasan los vehículos salvo los de aquellos que fueron sus familiares directos. Nadie se queja o aparece un policía para reclamar nada. Saben simplemente que es así y punto. La comunidad entera se vuelca a apoyar a los familiares del difunto y a llorar su pérdida como si fuera la de ellos, que en realidad lo es. Es un sentimiento compartido de pérdida y dolor que pareciera que mágicamente todos se convierten en familiares en ese momento largo hasta que se entierra al difunto. Hay que vivir eso para entender lo que significa de verdad el término solidaridad. No me había percatado que eso está en los tuétanos de los venezolanos y uno no lo percibe tan a flor de piel sino cuando estas en un entierro de pueblo. No es igual eso que el acto social del velorio de alguien en una funeraria en Caracas.

Otra característica relevante es la unión. Allí no se ve por ningún lado “fulano era o esa gente es del gobierno o de la oposición”. Es del pueblo y punto. “Me ayudó cuando lo necesité”, “estuvo cuando mi hija se enfermó”, “¿te acuerdas como hizo esto o aquello por nosotros?” La familia y las generaciones prevalecen. Son pueblos centenarios cuyos habitantes saben bien quienes son los unos y los otros, y no etiquetan a la gente porque saben de sobra quienes son. Si es un ladrón lo saben, así se vista de rojo de amarillo de verde o de blanco. Siempre ha sido así. Te conocen bien. Y saben ser agradecidos igualmente cuando les haces bien. No es de extrañar entonces el comportamiento solidario al despedirte de este mundo. Cuando el respeto es grande, la despedida también lo es.

Las nuevas generaciones, muy concentradas en los grandes centros urbanos han olvidado la esencia de su propia raíz. Mucha gente migró a las grandes ciudades y en una o dos generaciones, con el tiempo, se olvidaron del porqué de las cosas. Ese sustrato que explica la esencia, del porque hacemos lo que hacemos o somos lo que somos. Miran como una semblanza folklórica actos como los entierros de pueblo pero no los entienden bien y que explicarían quienes hemos sido como pueblo y como gentilicio.

A veces creo que muchos de quienes desean gobernarnos deberían pasarse un buen tiempo en los pueblos venezolanos para reencontrarse con su nacionalidad y para entender porque Caracas no es Venezuela. Muchos gobernantes lo olvidaron aún siendo de pueblos con mucha historia. Olvidaron la solidaridad, olvidaron la unión. Olvidaron porque alguien agradecido y por respeto, sin ser de la familia, carga el féretro de un difunto hasta el cementerio porque esa persona significó algo para su vida y la de su familia. La despersonalización de nuestra vida cotidiana en las ciudades ha hecho que la gente olvide y seamos un número más en las estadísticas. Nos morimos, nos entierran y ya.

La falta de agua y la falta de luz han sido brutales para la gente de los pueblos del interior. No hubieran sobrevivido de no existir esa solidaridad de la que les comento y eso lo ves de nuevo cuando despiden a uno de los suyos. En el medio de la más horrible sequía, de semanas, esa gente comparte la poca agua que tienen para las necesidades de aquellos que los visitan para honrar la despedida de alguno de los suyos. Si eso entrara en la cabeza de algún gobernante les aseguro que todos los pueblos de Venezuela tendrían agua. El velatorio en los pueblos de Venezuela ocurre ahora como en el siglo antepasado, rodeado de velas porque no hay luz. Esa realidad se hace tan triste como el propio velatorio.

Ir en estos momentos a un entierro en algún pueblo de Venezuela es como meterse en una máquina del tiempo e ir a parar al Siglo 19. Se ve lo bueno y extraordinario que hay en la consistencia real de la gente que vive allí pero también lo malo en el abandono de los gobiernos, que ni la riqueza que le entrado al país ha pasado por allí. Es como si el tiempo se hubiera detenido. ¡Como hace falta que incluso las comodidades de Caracas estén allí! Pero la gente supera con creces esa desidia de los gobernantes siendo tan unida que ni el olvido ni la falta de los servicios elementales han roto esa solidaridad.

No creo que cuando todos los pueblos de Venezuela sean al menos como la Caracas moderna, se olviden definitivamente los valores fundamentales, están muy arraigados. El desarrollo no esta orientado a olvidarlos, esta orientado a que haya una mejor calidad de vida precisamente sin olvidarlos. Si esa costumbre de enterrar a una persona en los hombros de quienes la respetaron y la quisieron en vida se termina en los pueblos de nuestro país, espero que esa misma solidaridad y la unión que acompañó la costumbre se haya instalado de verdad, como en esa gente, en el corazón y en la voluntad de aquellos a quienes les corresponda gobernar en el futuro, para mejorar la calidad de vida de nuestros pueblos del interior haciéndoles vivir mejor, siendo de verdad dolientes de esos Derechos Humanos, como son dolientes ellos cuando les toca enterrar a su gente.

Caracas, 2 de Octubre de 2011

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